El Rastro antes del Best seller

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La pregunta no es qué somos, sino qué decidimos ser. Oneray


¿Hay días en los que te levantas con ganas de mandar todo al mismísimo carajo? Bueno, justo ahora, estoy pasando por un momento similar.

Puede ser porque te falta dinero, el vehículo que manejas se descompuso, el jefe está insoportable por estar en sus días, o los planes no están saliendo al ritmo que uno quiere; realmente, pueden ser muchos factores y no a todos nos afectan los mismos. Pero en esos momentos, es facilito caer en la trampa de la autocompasión y sentir que el universo la tiene agarrada con uno, viviendo algo parecido a un karma por deudas que probablemente ni tengamos idea de que teníamos. Por otra parte, cuando te topas con una historia como la de Viktor Frankl, nos podemos dar cuenta de que el 99 % de nuestras quejas diarias son una absoluta tontería.

Frankl, ni de lejos, era un gurú de la motivación, de esos que abundan hoy en las redes sociales vendiéndote humo y prometiendo resultados milagrosos. Él era un neurólogo y psiquiatra judío que vivía en Viena, en una época donde ser judío, significaba tener una sentencia de muerte firmada en la frente con luces de neón al estilo Las Vegas. En 1942, los nazis lo arrestaron junto a su esposa, sus padres y su hermano. Pasó tres años viviendo un auténtico infierno terrenal, desfilando por cuatro campos de concentración diferentes, incluido el mismísimo Auschwitz, que llegó a convertirse en el mayor campo de exterminio.

Vamos a imaginarnos la escena por unos segundos: te bajan prácticamente a patadas de un tren, te quitan toda la ropa, te afeitan todo el cuerpo, te roban el manuscrito del libro en el que habías trabajado toda tu vida, tu esposa muere en otro campo de concentración, matan a casi toda tu familia y te convierten en un número tatuado en el brazo. No tienes posesiones, no tienes privacidad, no tienes comida real, el frío se te mete en los huesos mientras ves a la gente morir a tu lado por enfermedad, por hambre o en alguna cámara de gas. Imagina que te han quitado absolutamente todo lo que te hacía humano.

¿Qué haces en una situación así? ¿Cómo evitas que la locura o el suicidio se apoderen de ti?

Ahí es donde Frankl descubrió la verdad más grande y pesada de la psicología humana, una que dejó grabada en su obra maestra, “El hombre en busca de sentido”. El tipo se dio cuenta de que, aunque los guardias controlaban sus cuerpos, sus horarios y sus vidas, había un rincón sagrado que ningún nazi le podía tocar: su mente.

Frankl escribió algo que debería tatuarse en el cerebro de cualquiera que esté pasando por una crisis: “Al hombre se le puede arrebatar todo salvo una cosa: el poder de elegir para decidir su propio camino”. Y allí, justo allí, es donde estoy parado mientras el rugido ensordecedor del tinnitus que padezco, cambia de tono y de melodía de forma aleatoria. Pensando… buscando una mejor solución a las circunstancias que vivo mientras sueño con mejores oportunidades para construir, a mi alrededor, un mundo mejor.

Imagina la siguiente escena:

Mientras caminaba descalzo sobre la nieve helada, vestido de harapos, obligado a cavar zanjas bajo la amenaza de un latigazo, Frankl no se permitía pensar en el hambre o en el dolor. Obligaba a su mente a viajar. Se imaginaba a sí mismo años después, parado en un auditorio cálido y luminoso, dándole una conferencia a cientos de estudiantes sobre la psicología de los campos de concentración. Usó el dolor del presente como el material de estudio para su futuro, dándole así un sentido a su sufrimiento.

Es por esta razón que, cuando yo veo a tanta gente deprimida porque no tiene el último modelo de teléfono, o cuando yo mismo me he visto contra las cuerdas viviendo a la lata y con la incertidumbre mordiéndome los talones, por más rápido que corra, me acuerdo de Frankl y de su libro que por ahora tengo en PDF. La vida no tiene la obligación de ser justa ni de darnos un camino plano; de hecho, la vida no nos debe nada. A veces la realidad se vuelve fría, cruda y calculada. El dolor en algún momento es inevitable; lo que sí es opcional es cómo decides pararte frente a él. Esa, mi querido lector invisible, esa es tu elección.

Si tú crees que tu felicidad depende de que el entorno sea perfecto, estás condenado a ser un esclavo eterno de las circunstancias. Si Frankl pudo encontrar una razón para sonreír y mantenerse íntegro en medio del lodo y las chimeneas de Auschwitz, tú y yo no tenemos excusa para dejarnos vencer por un mal mes financiero, un proyecto que se derrumbó, estés pasando por una crisis familiar o porque el amor de tu vida, con quien tenías todos los planes para el futuro, se haya ido.

Al final, la pregunta que nos lanza la vida no es “¿Por qué te está pasando esto?”, sino “¿Quién eliges ser tú mientras esto te pasa?”. Puedes ser la víctima que se queja en un rincón esperando que alguien venga a salvarla, o puedes ser el arquitecto que usa los escombros que la vida le ha tirado encima para construir algo más fuerte.

La moneda está girando y girando en el aire y la decisión, como siempre, es solo tuya… caiga cara o sello.

Nos leemos en el camino.

Oneray.


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The question is not what we are, but what we decide to be. Oneray


Are there days when you wake up wanting to tell the whole world to go straight to hell? Well, right now, I’m going through a moment just like that.

It could be because you’re short on cash, your car broke down, your boss is being unbearable—maybe they’re just having a bad day—or things aren't moving along as fast as you’d like. Honestly, there are so many factors, and they don't affect us all the same way. But in those moments, it’s all too easy to fall into the trap of self-pity and feel like the universe has it out for you—like you're paying off some karmic debt you didn't even know you had. On the other hand, when you come across a story like Viktor Frankl’s, you realize that 99% of our daily complaints are absolute nonsense.

Frankl was by no means a motivational guru—the kind that seem to be everywhere on social media these days, selling hot air and promising miraculous results. He was a Jewish neurologist and psychiatrist living in Vienna at a time when being Jewish was essentially a death sentence stamped on your forehead in bright, Las Vegas-style neon lights. In 1942, the Nazis arrested him along with his wife, his parents, and his brother. He spent three years living through a living hell on earth, passing through four different concentration camps—including Auschwitz itself, which became the largest extermination camp of all.

Just picture the scene for a moment: you’re practically kicked off a train, stripped of your clothes, shaved all over, and robbed of the manuscript for the book you’d spent your entire life working on; your wife dies in another camp, almost your entire family is killed, and you are reduced to a number tattooed on your arm. You have no possessions, no privacy, and no real food; the cold seeps into your bones as you watch people die beside you—from disease, starvation, or in a gas chamber. Imagine having absolutely everything that made you human stripped away.

What do you do in a situation like that? How do you keep madness or suicide from taking hold of you?

That is where Frankl discovered the greatest and most profound truth of human psychology—one he immortalized in his masterpiece, Man’s Search for Meaning. He realized that although the guards controlled his body, his schedule, and his life, there was a sacred space no Nazi could touch: his mind.

Frankl wrote something that should be etched into the mind of anyone going through a crisis: “Everything can be taken from a man but one thing: the power to choose his own path.” And that—right there—is where I stand, as the deafening roar of my tinnitus shifts pitch and melody at random. Thinking… searching for a better solution to my current circumstances, while dreaming of better opportunities to build a better world around me.

Picture this scene:

As he walked barefoot through the frozen snow, dressed in rags and forced to dig trenches under the threat of the lash, Frankl refused to dwell on hunger or pain. He forced his mind to travel elsewhere. He imagined himself years later, standing in a warm, brightly lit auditorium, lecturing hundreds of students on the psychology of concentration camps. He used the pain of the present as study material for his future, thereby giving meaning to his suffering. That is why, whenever I see so many people depressed because they don’t have the latest phone model—or when I’ve found myself backed into a corner, scraping by with uncertainty nipping at my heels no matter how fast I run—I think of Frankl and his book (which I currently have in PDF format). Life is under no obligation to be fair or to provide us with a smooth path; in fact, life owes us nothing. Sometimes reality becomes cold, harsh, and calculated. Pain is inevitable at some point; what is optional is how you choose to face it. That, my dear invisible reader, is your choice.

If you believe your happiness depends on your surroundings being perfect, you are doomed to be an eternal slave to circumstance. If Frankl could find a reason to smile and maintain his integrity amidst the mud and smokestacks of Auschwitz, then you and I have no excuse for letting ourselves be defeated by a bad financial month, a collapsed project, a family crisis, or the departure of the love of our life—the person with whom we had planned our entire future.

In the end, the question life throws at us isn't “Why is this happening to you?” but rather, “Who do you choose to be while this is happening?” You can be the victim who complains in a corner, waiting for someone to come and save them, or you can be the architect who uses the rubble life has dumped on them to build something stronger.

The coin is spinning in the air, and the decision—as always—is yours alone… whether it lands on heads or tails.

See you along the way.

Oneray.


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Buenas tardes @oneray. Hay experiencias de vida, recogidas en una frase, que se convierten en una tabla de salvación, no porque minimicen lo que uno ha vivido sino que lo vivido por el otro te hace valorar el sentido de tu propia existencia. Excelente artículo.

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Sin duda alguna, mi querida @damarysvibra, esas experiencias aprendidas de otros por cualquier medio, en este caso, libros, hacen que hagamos esas cosas que creíamos que no eran para nosotros. En mi caso, tenía excusas para no escribir, pensando que, para hacerlo, tenía que tener renombre, una fortuna o algo interesante que comunicar.

Una madrugada, como suelo hacer, me puse a investigar a los autores que he leído y encontré las razones para hacerlo. Comencé a escribir mis propios libros, una tarea ardua, que lleva tiempo revisando una y otra vez para dejar el texto limpio, sin errores y bien articulado. Esta serie se encarga de demostrar y dar a conocer que no existen impedimentos para convertir un libro propio en un bestseller, porque el rastro que ellos dejaron antes de serlo, es similar al nuestro, y en muchos casos, con peores vivencias.

Muchas gracias por tu comentario.

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